jueves, 26 de enero de 2017

Murieron en el Mediterráneo


Cada día era de noche. Abría los ojos y solo tenía delante oscuridad. Una vieja furgoneta la esperaba en la puerta de casa con el motor encendido. Solo tenía diez minutos, sus diez minutos diarios que malgastaba, pensaba ella, en desperezarse. Subía a la parte trasera, donde el resto esperaban en silencio. Ni siquiera tenían fuerzas para hablar de sus vidas, aunque fuera para fingir que tenían algo más que cansancio en los sacos.

Casi una hora después, llegaban a la mina. Lo normal era que no todos subieran de vuelta a la furgoneta, siempre había alguien que se quedaba para siempre en la mina de coltán mientras los jefes vigilaban que el resto invirtieran sus fuerzas en sacar el preciado mineral. A veces, algunas de las chicas jóvenes, como le pasaba a ella a menudo, desaparecían con algún colono o con algún jefecillo de poca monta. Cuando volvían, no había lugar para las lágrimas.

María, así decidió llamarse cuando tuvo claro que abandonaría aquella vida, el día que cumplía quince años, se levantó antes de la cuenta para ir a vomitar al baño. Sabía que aquel cabrón que tenía por costumbre violarla, la había preñado. Ya no era ella sola, ahora eran dos. Y una embarazada solo puede aportar vergüenza a la familia; deja de ser rentable. Por eso, la madrugada siguiente, la furgoneta no la recogió. María había desaparecido en silencio, sin lágrimas, como la habían acostumbrado.

Fueron meses de andar en medio de la nada, pisando fuerte, aunque pisara de puntillas para que nada ni nadie se percataran de su presencia. Entendemos que eligiera María cuando, rodeada de pobreza, en un pequeño pueblo fronterizo entre Níger y Argelia, dio a luz en un establo a un niño, de nombre Emanuel. Por primera vez en muchos años, o podría decirse que por primera vez en su vida, María lloró de felicidad al tener a su pequeño en brazos.

Días después, siguió su camino por Algeria, con la ilusión de llegar hasta el mar, porque ella había escuchado que todos los caminos, como los ríos, finalizan allí. Su meta, entonces, sería otra, sería España. Le habían contado que por ahí las cosas no iban demasiado bien, pero seguía creyendo que merecía la pena. Por eso, volvió a no llorar cuando la violaban y le arrebataban la leche de sus pechos, la de su hijo. Hasta que finalmente, un mes y medio después, María consiguió llegar a Alger. Fue alto el precio que tuvo que pagar para poder subir a la barcaza. Pero ahí estaba, remojándose los pies en el Mediterráneo.

María murió en silencio. La encontraron días después flotando boca abajo. No podemos saber si el salitre de su cara era por el agua o porque lloró todo lo que tiempo atrás no le dejaron. Emanuel, en cambio, sobrevivió gracias a su llanto. Sus lágrimas dieron la vuelta al mundo, incluso un día abrieron los telediarios. Mientras en el sofá de casa, muchos cambiaban de canal; otros, sentían lástima, pero en fin, ¿qué podían hacer ellos?; y las redes sociales durante unas horas se llenaron de mensajes cargados de rabia, de impotencia, pero al día siguiente una nueva ola de tuits se llevó a los que mencionaba al pequeño Emanuel. El mundo siguió girando hasta que la siguiente barcaza se hundió y durante unas horas nos sonrojó a golpe de estado de Facebook. 

sábado, 14 de enero de 2017

Paula y las cicatrices

Dibujo extraído de Google Imágenes

Paula apenas tenía veinte años y dos cicatrices en el corazón. En su cara se dibujaban pecas y dos hoyuelos cuando reía. Su trenza, larga y pelirroja, le daba un aire de niña pija y buena, como si viniera de una familia de bien, aunque eso no tuviera nada que ver con su vida. Pisaba fuerte, parecía que el miedo no formase parte de su vocabulario, y mucho menos de su rutina. El eco de sus botas hacía que todos los chicos se girasen a su paso, aunque eso a ella poco le importaba.

La pelirroja tenía un gran secreto que le atormentaba por dentro. Se hartaba de escuchar que vivimos en una sociedad moderna donde todos tenemos cabida, pero ella bien sabía que no es así. Durante años aguantó las burlas de sus compañeros de clase, incluso el asco en la mirada de uno de sus tíos que bien sabía el porqué del pasotismo de Paula hacia los chicos. Ella, dispuesta siempre a cumplir las expectativas de los demás, aunque nada tuvieran que ver con las suyas, se acostó con más de una decena de chicos a los que dio la vida con cada gemido, sin saber que a ella se le escapaba. Fueron muchas las noches en las que sintió palpitar la sangre de sus venas y la oscuridad a la que ese palpitar la llevaba.

Un día de vuelta de la facultad, tomando un café que le hiciera entrar en calor en la cafetería nueva del barrio, empezó a hablar con Mercedes, una mujer de mirada triste que odiaba que la llamaran por su nombre. Poco tiempo después, todos en el barrio la conocían como "la Merche". Paula sentía escalofríos cada vez que escuchaba su voz, y aunque la cafeína no le aportara nada, se hizo adicta a los cafés de la Merche. La camarera tenía un hijo de dos años que siempre corría hacia Paula cuando entraba por la puerta. Se sentaba en su regazo y la Merche le contaba sus desventuras con los hombres mientras Paula se deshacía por dentro.

Una tarde fría de enero, Paula tuvo el valor suficiente como para declararse a la Merche, a quien la confesión le pilló por sorpresa a la hora de bajar la persiana. Ambas se quedaron a solas, sin hablar, pero en ese momento la Merche vio cada cicatriz de Paula, tanto las de su corazón como las de sus muñecas. Las acarició y besó hasta que se curaron. Paula, al fin, sintió que vivía por primera vez en dos décadas; todo cobraba sentido, incluso el sufrimiento por el que le habían hecho pasar durante toda su vida, como si pudiera tener justificación.

Paula no volvió a probar ni los besos ni las caricias de la Merche, pero aprendió que la primera cura es la que nos hacemos nosotros mismos, cuando nos empezamos a querer, cuando nos desnudamos al otro sin quitarnos la ropa y sin vergüenza. Entendió que todos aquellos que la juzgaron jamás tuvieron razón porque su vida solo era suya, aunque un pedazo de ella se la quedara aquella tarde la Merche.

martes, 3 de enero de 2017

Reflejos de vidas

También somos aquello que nunca fuimos, aquello que soñamos ser, y no es malo que así sea, que recojamos parte de los reflejos que imaginamos. Eduardo Galeano decía: "La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar". Por este motivo es importante soñar con aquello que, a priori, parece inalcanzable. Porque los sueños, como las utopías, a veces se convierten en realidad. 

Imagina y sueña para vivir porque la vida no solo está ahí fuera esperándote, la vida, tu vida, está en ti. Deja de preguntarte lo que los demás esperan de ti. Sé como el lector que devora los libros y vive mil vidas, desde el niño que juega con las cometas hasta el anciano que hace memoria en el lecho de muerte. Deja que la vida te llene de arañazos, que te rompa las costuras, que te dé tal vuelta que entiendas que cambiar es una opción más y no un imposible. Mira de frente a tus errores, cógelos con fuerza, estrújalos hasta que bebas la última gota. Entonces, camina sabiendo lo que ya no quieres volver a ser. Arráncate esa piel, que hay otras muchas más. Vuelve al niño con costras en las rodillas y disfruta de la inocencia que ofrece una nueva vida. Vive y mira tu reflejo. ¿Te gusta lo que ves? ¿Te gusta lo que podrías ser?