domingo, 25 de junio de 2017

Animal

Nada más mirarle a los ojos lo tuvo claro. El amor de sus palabras escritas una hora atrás no era cierto, sino terror. Él le sonrió con una mirada sarcástica y, como un buen animal, olió el miedo de su presa. La cogió fuerte por las muñecas y la arrastró hasta su cama, donde tantas noches habían hecho el amor con calma, dejando que el amanecer los sorprendiera entre las carantoñas y risas de los que empiezan. Pero todo era diferente, sin explicación, sin motivos aparentes. Él le arrancó el pantalón y el tanga que ella había elegido para la ocasión, una muy diferente. La violó con esa violencia que solo puede ser humana, sacando su furia, sus miedos, sus inseguridades. Ella gritaba, inmóvil. Quizá podría haber escapado; ella también se sabía presa.

Apenas fueron cinco minutos, aunque para ella fueron toda una vida. Se quedó tirada en la cama, sangrando y temblando. Quería llorar y no podía. Él le ordenó que se vistiera y desapareciera de su vista mientras aún le goteaba el semen de su miembro. Se sentía poderoso, al fin la tenía bajo su control, al fin haría lo que él ordenase. 

Nada fue cómo él predijo. Ella siguió con su vida, con sus maletas arriba y abajo. Ahora, le acompañaba la vergüenza en sus viajes. El silencio se apoderó de ella, jamás pudo contárselo a nadie y fueron muchas las noches en las que se masturbó sin piedad, haciéndose daño para no disfrutar de ella, de su cuerpo. El placer había dejado de tener sentido.

No quería venganza, jura que no la quería, hasta que volvió a enamorarse. Se entregó como nunca antes lo había hecho y perdió el miedo. Esa fue su forma de mandarle al olvido, pero sobre todo, de volver a quererse a sí misma. De él solo supimos que agachaba la cabeza cada vez que se cruzaban: había perdido la partida y su condición de hombre.

domingo, 18 de junio de 2017

Ojos grises


Sentía terror al mirarse en el espejo. Complejos físicos aparte, había algo en su mirada que era capaz de perturbar a todos, incluso a ella misma. Atrás quedaban años de burlas en el colegio, la anorexia y bulimia que le siguieron o la época de desfase universitaria. Todo aquello formaba parte de un  pasado reciente que, sin embargo, apenas lograba recordar, aunque todo estuviera ahí, en esos ojos grises.

Pisaba fuerte. No usaba tacones por no hacer ruido, pero sus pasos levantaban polvo. Tanto que en una noche previa a San Juan perdió el control, algo que aún no había aprendido a perdonarse. Las prisas de la carne la llevaron al asiento de atrás, como si de una canción de Loquillo se tratara, aunque ella solo fuera la penúltima rubia en abandonarlo. Se dejó llevar por aquel tipo que siempre estaba sentado al final de la barra dispuesta a olvidarse de todo, empezando por sí misma.

Acaricia su barriga. No estaba en sus planes, jamás lo estuvo, de ahí el terror. O tal vez tiene miedo de que la criatura que lleva en su vientre herede esa mirada cargada de un pasado, que aunque difuso, le ha marcado la piel de cicatrices. Pero aquella noche se sintió libre, al fin. Libre de prejuicios, libre de miedos, libre de lo que fue y, sobre todo, libre de lo que nunca ha logrado ser. Esa libertad la excita hasta arquear su espalda con un nuevo orgasmo. De repente, la primera patada.

lunes, 5 de junio de 2017

El oleaje

Pintura extraída de Google Imágenes

Pasaba por su lado y sentía un oleaje dentro de ella. El rastro de su perfume la embriagaba y convertía cualquier invierno en primavera dentro de aquella oficina insulsa, llena de gente con vidas grises que buscaban crear la nueva campaña que diera el campanazo, sin embargo, todo se veía igual de gris que sus propios rostros. Helena temía que su cara se convirtiera del mismo color que el de sus compañeros. Solo hacía un par de meses que había pasado de ser la chica con un brillante futuro por delante a la mujer que tenía su propio equipo y despacho, muy a pesar de sus compañeros. Fue entonces cuando él empezó a ir por la oficina. 

Habían empezado las obras del piso de arriba y él era el mozo de la cuadrilla de albañiles. Mucho más joven que ella, mucho más fuerte que aquellos que la rodeaban. Pisaba con ganas y siempre iba vestido con una sonrisa. Se llamaba Rubén, según había escuchado Helena cuando sus compañeros se dirigían a él. Apenas llegaba a los veinte, pero robaba el sueño de una mujer que le doblaba la edad, que en la soledad de su cama, manchaba las sábanas de seda que se había comprado con el aumento de categoría pensando en él.

Helena llevaba en secreto este amor. Tenía un hijo de cinco años y un marido que por trabajo vivía fuera la mayor parte del tiempo. Siempre se había sentido una especie de esclava de su familia, siempre se había esforzado porque todo estuviera impecable cada vez que su marido llegaba a casa. No tenía más vida que el trabajo y su casa, hasta que llegó él, Rubén, el joven Rubén. El secreto de sus sentimientos le oprimía el pecho; el miedo y la vergüenza le robaban sus lágrimas.

Aquel primer lunes de junio la oficina estaba limpia. No había polvo, no habían albañiles riendo sin compasión entre aquellas paredes que clamaban silencio. A Helena empezó a faltarle el aire hasta que se percató que en su mesa había una rosa que empezaba a marchitarse tras un fin de semana sin agua. Leyó la nota que le acompañaba:

Gracias por tu sonrisa. Conviertes este cementerio en un campo de alegría.

Detrás de aquella nota había un número de teléfono. Temblorosa, Helena lo guardó en su contactos. Miró la foto de WhatsApp, y ahí estaba el bello Rubén, con esos ojos pícaros capaces de salvar una vida.

Helena llegó a casa  tarde. Sabía que su marido no estaría demasiado contento ante su ausencia. Acostaron juntos a Mario y Helena folló con rabia a su marido. Aquella noche lo miró a los ojos por primera vez en años: "Me voy. Ahora me toca vivir a mí". No dio opción a réplica. No recogió sus cosas, solo algunas prendas de Mario, a quien cogió en brazos. En la puerta les esperaba un viejo Ibiza y la felicidad que da ese amor capaz de romper todas las barreras que impone la sociedad.