domingo, 27 de marzo de 2016

El poso del vaso


Ella siempre sonreía. Contra más triste estaba, más reía. Sus carcajadas llenaban las barras de los bares y atraían a los extraños con los que jugaba en los lavabos, entre coches en algún oscuro callejón o en alguna cama que siempre se quedaba por hacer al día siguiente. Mientras esperaba al desconocido de turno, miraba el poso de su copa. Jugaba con su futuro para que el presente volviera a llenar el vaso.

No fue en una barra de un bar donde le encontró. Fue en el lugar menos esperado. Sus ojos claros, su sonrisa y una impostada fuerza la cautivaron. Con el tiempo, aprendió que esa fuerza no era real. Él le contó sus miedos e hicieron juntos lo que pocos podrán crear. Ella vigilaba sus sueños y, como buena bruja, leía el poso de su copa. Él, vio, vivía de un pequeño castillo de arena; ella, en cambio, vivía con los pies demasiado pegados en el suelo.

Así que él se marchó, como otras veces hizo. Ella sabía que el camino era largo, que en cualquier momento volverían a cruzar sus miradas. Posiblemente, ya fueran dos extraños, pero ambos sabían de sus miedos y sus mentiras. Y así crearon cada uno su propia historia. Ella lamía la cicatriz que él le había dejado de nuevo en la barra del mismo bar con los mismos extraños que aguardaban su regreso para volver a arroparla en la oscuridad. Pero ella volvía a escapar de nuevo a la barra hasta que el sol lucía en lo más alto. Entonces, volvía a jugar con su futuro, pero los elementos del poso eran totalmente diferentes a los que se encontró por vez primera.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Días de penitencia

Viñeta extraída de Google Imágenes

Miramos al mar. Damos la bienvenida a la primavera y sus picores. La gente juega en la Barceloneta sobre la arena, toma el sol y el vermú de domingo. El agua está un poco picada, pero intenta aparentar tranquilidad, como normalmente hacemos en nuestra vida diaria. Y ahí está el mar, bailando con sus olas mientras todos por el paseo marítimo caminamos bajo su compás.

Pero nos olvidamos que hay otras vidas que arrastra la marea. Olvidamos lo que pasa en las costas de Grecia y Turquía, de los pactos de la vergüenza que dejan a padres sin hijos y a hijos huérfanos. Ellos no bailan; mueren. Volvemos a necesitar un nuevo niño en las costas muerto que llene las portadas de los periódicos y pinte muros porque el racismo aumenta. Las puñeteras fronteras. La diferencia ficticia entre el tú y el ellos por estar en un paseo marítimo y no a bordo de una patera, que a veces es un simple flotador. Entonces, estallan, de nuevo, las bombas en el centro de Europa. Vuelven a matar en nombre divino, dicen, cuando quieren decir económico, el mayor Dios. Volvemos a ser nosotros. Volvemos a encogernos. Volvemos a rezar a nuestros dioses y vírgenes porque esos, claro, son los buenos. Volvemos a mirar de reojo a aquellos que se juegan la vida cada minuto, que mueren de frío, que serán la vergüenza de nuestros libros de Historia, como lo son los campos de concentración nazis, porque estos no son más que muertos de segunda división.

Sin embargo, en Barcelona deja de llover. Vuelve a salir el sol y los cerezos empiezan a florecer. El polen comienza a posarse en nuestros pulmones. Cuesta respirar. Seguimos bailando junto al mar, que nos mece, intentando no zarandear demasiado nuestros miedos. Y en aquella frontera, la que nuestra vista crea ilusoriamente y la bautiza como horizonte. si miras hacia el Este, seguirás viendo las muertes que nuestros mandatarios, que estos días de penitencia se santiguan, siguen propiciando.

lunes, 14 de marzo de 2016

Los mortales ganan


Nos hablan de los héroes como aquellos a los que no podemos alcanzar, como unos ejemplos a seguir, como los fuertes y bondadosos que siempre irán al rescate de la damisela de turno. Aunque, como canta Sabina, las niñas ya no queremos ser princesas, ergo no necesitamos que nadie nos rescate de nuestros monstruos. Pero volvamos a los héroes. Hace tiempo que dejé de creer en ellos, especialmente desde que mi mirada y mi vida se cruzaron con un mortal. Me gustan los mortales. Los que tienen miedo y no dudan en reconocerlo, es más, aprenden a convivir con él e, incluso, a veces, se envalentonan e intentan luchar contra él. Y vencen. Ganan cada vez que sonríen porque con ellos, con su sonrisa, siempre hay alguien al que le arrancan una carcajada. Me gustan los mortales porque sus ojos brillan constantemente y porque saben encontrar el sonido de una gaita en medio del parque de la Ciutadella. Entonces, la ciudad calla porque los mortales pasean y se aman. Y es por eso que me gustan los mortales, porque saben llorar igual que saben amansar la bravura de una gran ciudad. Es así como gracias a su música, a la fuerza de sus pisadas, a sus lágrimas y a su risas, Barcelona se convierte en una ciudad más humana en la que una, junto a sus miedos, puede habitar.

domingo, 6 de marzo de 2016

El globo rojo de Andrea

Andrea paseaba por la orilla del río con su abuelo. Respiraba el aire de la periferia barcelonesa mientras agarraba con fuerza un globo rojo al que miraba orgullosa. Llovía y la ventisca de marzo hacía que aún agarrase con más fuerza la cuerda del globo y la mano del abuelo, quien la miraba orgulloso, como ella a su globo rojo. De repente, Andrea soltó el globo, el cual llegó a una altura inalcanzable, para mirar cómo se zambullía un pato en el río. La niña, al darse cuenta de que había perdido el globo, empezó a llorar desconsolada. El abuelo sonrió y, no sin dificultades, se agachó a la altura de la pequeña:

-Andrea, no pasa nada. Esto que acaba de pasar es parte de la vida.

Ella no entendía nada. No había consuelo para sus lágrimas, así que el abuelo siguió:

-El río que ves se encuentra con muchas dificultades para llegar al mar. A veces, tiene que enfrentarse a la sequía; otras, tiene que enfrentarse a lluvias torrenciales que hacen que se desborde.

Andrea miraba fijamente a su abuelo. No entendía nada de lo que le decía, pero escuchaba la voz ronca y gastada del abuelo ensimismada:

-Tu camino, como el de cualquiera, también estará lleno de días de sequía y de inundaciones. Volverás a quedarte prendada de patos que nunca serán cisnes, pero que te enseñarán qué es querer y que te quieran, hasta que finalmente veas un globo rojo volar. Perderás la cabeza por poder cogerlo, no habrá cosa que más desees, y quién sabe si lo conseguirás. Sabrás que merece la pena encaramarse a un árbol por tal de poder pasear con él y perderás el miedo al vértigo. Vivir, a veces, provoca vértigo, pero cuando estás en la copa del árbol, cerca de tu objetivo, entiendes que ha merecido la pena y sabrás que si no te subes al árbol, por muchas ramas que se partan en la subida, solo te quedará el lamento, como ahora.

Andrea tardó años en entender las palabras del abuelo. Por su vida pasaron muchos hombres y algunas mujeres que acabaron siempre por zambullirse. Jamás fueron, ni siquiera, cisnes. Hasta que un día conoció a un hombre que soñaba con poder volar. A ella le daban pánico las alturas, pero le miró a los ojos y en menos de un segundo le agarró fuerte la mano, como un día hizo con la cuerda de un globo rojo. Entonces, la que le enseñó a volar fue ella.