domingo, 31 de enero de 2016

La guerra en tu cuerpo


Parecían dos personajes de una canción de Sabina. Él esperaba que las cosas sucedieran solas, pero no entendía que delante tenía a una rubia loca a la que no le importaba jugarse la vida y el corazón por él. Se besaban bajo cada farola, discutían a gritos, pero no podían separarse sin abrazarse, sin besarse, ni sin prometerse la vida. 

Ella no quería príncipes azules, pues siempre alzaba la bandera de la república. Las niñas, afortunadamente, ya no quieren ser princesas. Ella se escondía tras sus trincheras, por eso él le secaba las lágrimas sin saber que estaba siempre en lucha. Ella entendía que la guerra se libraba en su cuerpo, por eso le hacía el amor con un rifle bajo la almohada, del que se olvidaba con cada beso. Entonces, ella entendió los versos de Miguel Hernández que con cada guerra televisada recitaba:


Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.
 
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.
 
Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.


Y volvió a sentirse casi invencible en sus brazos.

domingo, 24 de enero de 2016

Alicia en su laberinto

Se encontraron por casualidad en un pasillo. Cruzaron sus miradas y sus nombres. Hacía calor, la canícula apretaba y el deseo aumentaba con cada risa, con cada saludo. Él le dijo que algún día acabarían juntos; ella, por su parte, pensó que estaba loco. Por eso, como si se tratara de Alicia en El País de las Maravillas, acabó corriendo por su laberinto. Perdiéndose en él, acabó perdiendo el miedo que la había aprisionado a vivir. Juntos caminaron por el lado de la vida que más duele y salieron ilesos.

Llegó el día de la despedida. Pero no podía existir una despedida entre ellos. Demasiado amor, demasiada verdad como para dejarlos abandonados en un banco cualquiera. Hubieron más lágrimas, pero estas se las secaron mutuamente. Volvieron los paseos, las cenas, los "te quiero" y, de repente, los "espérame". Él desnudó a Alicia, a quien solo le quedaba su sombrero loco. La desnudó arrancándole la ropa a escondidas, sin que nadie se enterara porque el resto pensaban que estaban lejos el uno del otro. Pero ahí estaban, compartiendo cama una vez más. Él sabía cómo quitarle la ropa, pero también, cómo desnudarle el alma.

Seguían despidiéndose con promesas de futuro en las bocas de los metros. No les importaba la gente, aunque seguro que se morían de envidia al verles besarse con tanta pasión. No podían soltarse el uno del otro. Sus cuerpos, como sus palabras y deseos, tampoco mentían. "Nos vemos el lunes", y aunque solo fueran cuarenta y ocho horas sin él, Alicia no pudo hacer otra cosa que refugiarse en la barra de un bar para sobrevivir al espectro de la Reina de Corazones. Llenaba sus vasos de alcohol y en el poso de cada vaso solo se leía el nombre de él. Así que Alicia cometió la locura, como él hizo en su día, de prometerle un futuro. Y es que él tenía los ojos de los hijos de Alicia.

lunes, 18 de enero de 2016

Viaje a Ítaca


Hay quienes plantean la vida como un viaje, pero de viajes hay muchos. ¿De qué sirve irse con prisas si no sabes volver con calma? Todos tenemos una isla, una Ítaca que queremos alcanzar. Primero, corremos hacia ella y no importan los tropiezos, hasta que dejamos de avanzar. Entonces, aprendemos a andar y recogemos las enseñanzas que se esconden tras cada traspié. No es fácil ser Ulises, pero tampoco es fácil ser Penélope. Casi más desesperante es esperar que tener que atarse a un mástil para ignorar los cantos de sirena y que acaben en el olvido.

Pero no todos los viajes a Ítaca son iguales, como decíamos. Siempre hay esos mensajes que llegan en el momento menos esperado pidiéndote que ejerzas de Penélope y esperes. ¿Cómo hacerlo cuando tu alma es de Ulises, cuando estás acostumbrada a remar en los momentos en los que la marea sube y las olas braman? No, jamás podré ser como ella. Tengo ese alma de viajero y seguro que Penélope también lo tenía, me digo. Las hay que esperan haciendo y deshaciendo lienzos y quienes pintan su vida tendiendo la mano a quien aman. Vivir es llevar el barco a esas olas o un paseo de la mano por el Gótico de Barcelona un domingo por la tarde.

Ulises siempre hubieron, pero las Penélopes aprendieron que Ítaca no era inamovible. Y es que el miedo al viaje y, sobre todo, a la llegada, solo puede vencerlo el viajero que se enfrenta a la cólera de Poisedón. Ese será quien alcance la orilla y encuentre a Penélope matando monstruos en cualquier esquina de un callejón húmedo y oscuro para robarte, otra vez, mil besos en cualquier despiste y vencer, de una vez por todas, al miedo juntos.

domingo, 10 de enero de 2016

Día de Reyes y niños


El día de Reyes, dicen, es el día de los niños y de su ilusión. Cuando crecemos, esa ilusión, ese querer ser niño, lo olvidamos, lo dejamos atrás. Sin embargo, un año te ves asfixiada por el gentío en un gran centro comercial para comprar un regalo. Sientes, realmente, que vas a hacer magia o que, al menos, vas a participar en un juego de magia, por eso coges aire y aguantas las prisas y los codazos de los otros. Entonces, vuelves a la niñez, a respirar esa ilusión, la misma que hace que dejes tu regalo junto a los que son para ti, por primera vez, al lado de un Caga Tió que llegó después de visitar varios bazares chinos por tal de encontrar uno con cara de simpático.

Rompes los papeles de los regalos y en tu boca solo se dibujan sonrisas y besos. Ahí está, otra vez, la ilusión. No la habíamos perdido, como tampoco él había perdido la inocencia del niño que un día fue y que esperaba a sus Majestades de Oriente cada seis de enero. Ahí estábamos, borrachos de ilusión y sin carbón. Entonces entiendes que la vida es ilusión, es creer en quienes nos rodean y en su magia.