domingo, 28 de junio de 2015

Abuela

Me hablan del mar y me acuerdo de ti. Una necesidad de despedirme de ti me oprime el pecho un mes después. Ambas supimos en enero que era la última vez que nos besaríamos, que nos abrazaríamos y que nos reiríamos juntas. Fue una despedida dulce y aún puedo sentir tu forma de aferrarte a mí cuando llegó la hora de marcharme.

Finalmente, la que se marchó fuiste tú. La muerte hacía meses que maquillaba tu rostro. Meses en los que mi madre, tu hija, insistía en que te llamara, pero yo no podía. Abuela, no tuve la valentía de coger el teléfono y llamarte. Tu voz débil al otro lado del auricular me rompía. Me asustaba que en una de esas tardes tontas ya no fueras capaz de reconocerme.

Te fuiste y lo hiciste dejándonos una sonrisa a todos en la boca, tanto a los que estaban a los pies de tu cama como a los que esperábamos la noticia a kilómetros de distancia. Fuiste capaz de mantener la risa y el buen humor hasta el final. Te admiro. Te admiro porque sé que yo no soy tan fuerte ni tan valiente como tú. Lo fuiste desde que eras niña, cuando te fugaste con el abuelo por amor. Tuvisteis a vuestro primer hijo sin haberos casado en una época donde eso se consideraba una vergüenza. Pero juntos os reísteis de una sociedad que dejaba y sigue dejando al amor en segundo plano.

Hoy te escribo porque te echo de menos y porque sé que te debo otra despedida. Ahora, cada vez que me hablen del mar, me hablarán de ti. Te recordaré disfrutando en el agua y los buenos ratos que pasamos aquel verano en Huelva. Yo me despedía de la adolescencia y tú parecía que te aferrabas a ella. Fuimos cómplices de tu ganancia y mi pérdida. Ahora, también, tendré que aprender a mirar la belleza de Granada de otra forma y desde el prisma que ofrecen los recuerdos que tú y el abuelo me habéis dejado como herencia. ¡Y qué herencia más maravillosa!

Abuela, te echo de menos y ya solo me queda escribirte. Por eso seguiré escribiéndote. Ahora negaré que esto es una despedida, como pasará con todos los escritos que te dedique. 

domingo, 21 de junio de 2015

jueves, 11 de junio de 2015

Por tu ausencia, por tu miedo



Tu ausencia en tu casa
duele algo menos.
Pero afuera llueve
y los vecinos recogen
la colada.

Queda tendida la ausencia,
esa que en los días grises
nos achica como el agua caliente
a un jersey
y en la plenitud del sol
apenas percibimos.

Llueve y no estás.
Y yo ocupo tu espacio
inventándome una vida 
que ningún rayo podrá partir
porque jamás existirá
por tu miedo,
que impide un nosotros.