lunes, 28 de abril de 2014

Salvando la ley de Dependencia

J. es un año y medio mayor que yo, tiene 23 años. Sus padres y los míos son amigos desde hace más de 25 años, así que compartimos muchos momentos durante nuestra infancia. Hasta aquí todo normal. Pero nos costaba entender a J. cuando hablaba, repetía palabras sin que tuvieran ningún sentido, preguntaba por todo en bucle y en ocasiones solo podían calmarle los aviones y animales como caballos y burros. Pese a esto, J. era un amigo más con quien jugaba durante las barbacoas de los domingos.

Poco a poco, entendí que J. tenía una enfermedad. Con dos años se la detectaron porque no hacía lo que el resto de niños de su edad hacían. El primer diagnóstico fue autismo, pero no respondió a los tratamientos que siguieron al diagnóstico. Después de millones de pruebas y de horas en hospitales, los médicos concluyeron que era un caso único. Nunca se habían encontrado con una mente como la de J., así que era imposible hacer cualquier previsión.

J. ha ido empeorando con el paso del tiempo y es totalmente dependiente. Le ayudó mucho, como a toda la familia, la llegada de su hermana L. desde Ucrania. Un bebé adorable –ahora una adolescente- que despertó en J. sentimientos que nunca antes había experimentado, o sí, pero nadie supo verlos hasta entonces. Él iba al cole. Mis padres me explicaban que J. no podía ir a un cole como el mío. Habían intentado que pudiera estar en un colegio con niños sin ninguna enfermedad mental, pero J. no pudo soportarlo durante mucho tiempo. Sin embargo, gracias al trabajo de los profesores, los educadores sociales, los psicólogos y psiquiatras, etc. de su cole, J. pudo aprender las horas, algunos números y los colores más básicos. Todo un avance del que nos sentíamos muy orgullosos.

Hace mucho tiempo que no le veo, como a otros muchos amigos de entonces. A veces, me encuentro a su padre porque trabaja en el barrio y le pregunto por J. Le cuesta reconocer que su hijo cada vez está peor y rápido cambia de tema. Ayer, sin embargo, quedó con mi padre para tomarse unas cervezas. Le contó que gracias a las ley de la Dependencia, J. recibía unos 500€ para cubrir los costes de la medicación y del taller/colegio al que asiste. Hoy, tras la aplicación de los recortes, esos 500€ han quedado reducidos a 40€. Por lo tanto, la familia de J. debe hacer frente a todos los gastos que su enfermedad acarrea.

Anoche, el equipo de Salvados, liderado por Jordi Évole, puso el dedo en el recorte de la ley de Dependencia, una llaga que no para de sangrar y de doler. Hubo testimonios realmente demoledores, como el de Jaume Martorell, todo un ejemplo de lucha y dignidad que se cargó el paternalismo y el conformismo de nuestra sociedad con dos frases. Yo pensaba en J. y en todas las personas dependientes que conozco. Personas que, a menudo, las convertimos en invisibles. Los medios hablan de cifras, apenas de consecuencias. Pocas veces nos muestran cómo viven estas personas, y si lo hacen, es a través de la pena y el morbo.

Es el momento de irnos al rincón de pensar para hacer autocrítica. Los que nos dedicamos a la comunicación, debemos hacerla como profesionales, pero también, y por encima de todo, como ciudadanos. Denunciemos y luchemos.

viernes, 18 de abril de 2014

Adiós, Gabo

Imagen extraída de Google Imágenes

Era una muerte anunciada, como la de Santiago Nasar. Gabriel García Márquez nos puso sobre aviso hace unos días cuando lo ingresaron en el hospital por una infección en los pulmones y en las vías urinarias. Pese a que nos diera un margen de tiempo para que aceptáramos su marcha, esta ha sido irremediablemente dolorosa.

Gabo se nos ha ido en Jueves Santo, como él decidió que se nos fuera Úrsula Iguarán en Cien años de soledad, pero ahora, desgraciadamente, no viviremos un Domingo de Resurrección. García Márquez ya no está. Se ha ido. Podría decir que nos ha dejado huérfanos a los que empezamos en esto del periodismo, pero no es cierto. Ahí están sus libros y artículos a los que nos podremos seguir aferrando cuando necesitemos hacer de la realidad algo mágico o cuando la vida en la redacción nos aplaste y dejamos de creer que "el periodismo es el mejor oficio del mundo".

A veces, me asusta "la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites". Quizá, porque un día me enamoré a primera vista, como Florentino Ariza, y podría aguantar su "ir y venir del carajo" toda la vida, como él. Porque debemos aceptar que no morimos cuando debemos, sino cuando podemos. Y Gabo ha muerto cuando ha podido, seguro que de amor, porque él bien sabía que el único dolor que provoca la muerte es no morir de amor.

Descansa, Gabo.

sábado, 12 de abril de 2014

Autodestrucción IV

Observaba con calma cómo trabajaban las putas del Raval. Se sentaba en cualquier banco y tomaba notas de sus gestos, sus andares, sus palabras y sus risas. Alguna vez, tuvo suerte y pudo ver a alguna llorar. Creía que ahí, justamente en las miserias más bajas del ser humano, se encontraba la mejor inspiración. Ella, algunas noches, repetía con calma lo que había escuchado a las putas, sus putas, y se estremecía ante el disfrute del compañero que, si había suerte, la acogería en sus brazos hasta que el sol se decidiera a salir.

Buscaba los mejores versos para escribir un poema que pasara a la historia. Por eso, se paseaba por los filos de barrancos, bebía de los labios de poetas que encontraba en antros y dejaba que el caballo cabalgara por sus venas sin que nadie pudiera domarlo. Ella brincaba por las camas de todos aquellos que le acercaran a sentir algo que más tarde pudiera transcribir. Dejaba que la trataran como a una de esas putas del Raval que, aunque intentaba despreciarlas, en el fondo, las admiraba. Le azotaban, algunos sin piedad, y conseguía llegar al éxtasis cuando, como el caballo en sus venas, cabalgaba sobre su poeta predilecto.

Y así fue pasando su vida. No dejaba que nadie se le acercara demasiado, ni siquiera cuando el blanco pintó sus cabellos y las arrugas marcaron para siempre su rostro. Ella seguía buscando la poesía. Hasta que le vio. Vio a su poeta, el de los azotes en el coño, el que cuando le escupía, ella aprovechaba para bañarse en su saliva a sabiendas que era lo único le quedaría de aquellos encuentros. Cuando se quedaba a solas, repasaba con sus dedos cada rincón de su cuerpo por el que su lengua había pasado hasta que se corría a base de recuerdos. Años después, el chico incorregible paseaba lento al lado de una mujer a la que le sostenía la mano. Cerca de ellos, jugueteaba un chiquillo que aún no había aprendido a mentir y en sus ojos podía perderse, como tantas veces se perdió en los de su padre.

Al llegar a casa, entendió que la poesía no es otra cosa que dejar algún día más la ropa que lleva tres días tendida, los giros de una lavadora, el sonido de una televisión que rompe el silencio, un ruido en la cocina, una nota de cualquier canción que suena en la radio, unos zapatos tirados en medio de la habitación, una cama deshecha por la pereza y alguien que se siente a tu lado en el sofá cuando el día llega a su fin.  Era demasiado tarde para escribir el poema. Era demasiado tarde para entender qué es la poesía. Era demasiado tarde para aceptar la derrota.

viernes, 4 de abril de 2014

Autodestrucción III

Siempre llevaba pintados los labios de rojo y un cigarrillo en la mano derecha, pese a que era zurda. Se sentaba cada noche en la esquina de la barra del mismo bar. Tarareaba las canciones que sonaban e imaginaba que formaba parte de las conversaciones que la envolvían. A veces, se sentía prisionera de miradas ajenas cargadas de deseo. Coqueteaba a base de sonrisas y dar sorbos al ron que había conquistado su copa.

Sabía que la belleza no era lo que destacaba en ella, por eso potenciaba su oscuridad. Le gustaba jugar de cama en cama y no era raro que, tras cada batalla, saliera con alguna herida. Alguna fue tan profunda que siguió goteando hasta el final. Quizá fue lo que la desangró. Tampoco era extraño que sus manos acabaran teñidas de esta sangre cuando la madrugada le acariciaba despierta y sola. Entonces, ella se encargaba de lamer esa sangre hasta que el corazón se le paraba unos segundos y gritaba presa del orgasmo.

Siguió yendo a aquel bar. Nunca creyó en los cuentos de hadas y le aburrían los príncipes azules, pero eso no le impedía esperar cada noche que alguien le cogiera la mano y la llevara lejos de allí. Solo consiguió llegar a camas que la seguían rechazando la mañana siguiente. Hubo un día en el que el camarero con el que tantas veces había cerrado el bar la empezó a echar de menos, aunque otras ocuparan su asiento y se dejaran el carmín sangriento en las mismas copas que ella.