jueves, 27 de febrero de 2014

Paco de Lucía y el arte


Paco de Lucía al ser preguntado por lo que más le emocionaba: “El arte. Una frase en un libro o un intérprete que dice algo de una forma muy sutil. Eso es lo que más me acerca a las lágrimas”.

Gracias por habernos regalado tanto arte y tantos momentos emocionantes.


miércoles, 19 de febrero de 2014

No son los libros

Cristalizaciones, Basilio Sánchez
No es el libro, tampoco la lectura. Es el ir a la librería de toda la vida y hablar con el librero de siempre. El que está orgulloso de haber ampliado su librería, su casa, y haberla hecho renacer. El mismo que se enfada y siente profundamente que el plazo de tiempo no se cumpla y no puedas recoger el libro encargado el día acordado. Él es también quien al verte entrar en su casa sonríe y te entrega, por fin, el libro tras disculparse una vez más, y son ciento las veces. Ese hombre es el que antes de marcharte te confiesa que le ha echado un vistazo al que ahora es tu libro porque no conocía al autor y sonríe queriéndose disculpar de nuevo.

No es el libro, ni la lectura, tampoco el comprarlo. Es quien te lo recomienda y desea que te guste. Es el mismo que habla con pasión de la obra y con admiración del autor. Él es también a quien ves cuando el libro te mira de reojo desde el escritorio para que empieces a perderte entre sus versos y habites para siempre en sus palabras.

En definitiva, no son los libros, tampoco la lectura, sino las personas que hay detrás de cada libro.

miércoles, 12 de febrero de 2014

El quiosco de José

Cuando era niña, en el parque de debajo de casa había un quiosco. Lo llevaba José, de quien tengo el recuerdo de un señor de unos sesenta años. Mi madre cada lunes le compraba la revista Pronto y, alguna vez, chucherías para ella. José dejó de intentar regalarme algún caramelo temprano. Sabía que de las chucherías de mi madre yo no cogería ninguna.

Poco a poco, el quiosco de José fue vaciándose. Las nuevas librerías que se iban abriendo en El Prat hicieron que muchos vecinos del barrio le fueran infieles. Recuerdo perfectamente el día en el que le dijo a mi madre que iba a cerrar, aunque tardó un tiempo en hacerlo. Eso sí, las estanterías cada vez estaban más vacías y José más viejo.

Finalmente, cerró. El quiosco sobrevivió al quiosquero. Durante un par de años, el quiosco de madera se mantuvo en pie y cerrado a cal y canto. Pero nunca más volvió a abrirse la ventana por la que José miraba a los críos jugar a fútbol y por la que les echaba bronca cada vez que le daban un pelotazo al quiosco. Hasta que un día, él también desapareció. El único rastro que dejó fue una marca en el suelo, la cual el cemento acabó borrando.

En el barrio nadie habla ya de José, sin embargo, yo me acuerdo de él cada vez que hablo con algún quiosquero. En Girona siempre iba al mismo, al de la Plaça Independència. Lo lleva una pareja joven, ambos encantadores. El chico, sobre todo, se dedica a dar palique a los más mayores de la plaza, lo que suele provocar grandes debates en los que muchos acabamos participando alguna vez. Y ahora que me muevo por Barcelona, voy al de la Plaça Francesc Macià. El quiosquero es un hombre de unos cuarenta años. No importa si hace frío o es demasiado temprano, siempre tiene una sonrisa en la boca. Le encanta comentar las noticias del día y desearte un feliz día cuando te marchas.

No sé qué habrá sido de José,  pero me gustaría encontrármelo -como si fuera capaz de reconocerle después de tantos años- para decirle que ya han empezado a gustarme las chucherías y que él tiene mucha culpa de mi pasión por la prensa escrita gracias a haberme dejado ojear sus periódicos y que me manchara las manos de tinta con ellos.


lunes, 3 de febrero de 2014

Amor y deseo en cuatro pasos

Ilustración extraída de Google Imágenes

I
Una madrugada más vuelvo a despertarme sudada. En mi mente, tu recuerdo. Sé que has estado presente en mi diminuta cama. Sé que has vuelto a abrazarme, es lo único que puede explicar este calor. Juego con mis manos buscando batalla y miro antes, durante y después de la masturbación tus fotografías para encontrar la paz. Así, contigo, pese a tu ausencia, mi existencia cobra sentido.

II
El sueño vuelve a vencerme. Suena el despertador y empieza la rutina diaria: darle los buenos días a mi madre, compartir bostezos con extraños en autobuses que cruzan una Barcelona cada vez menos habitable, tomar café para acabar de despertar, compartir risas con los compañeros de trabajo, pelearme con algún programa informático infernal, volver a casa, tumbarme en el sofá después de comer, leer, escribir y volver a la cama. Mi otra rutina es vencer tu ausencia mientras me caliento sola los pies.

III
Suena Chet Baker, Miles Davis y Ella Fitzgerald. El jazz se escribe con tu nombre. Quizá, es el momento de confesar que hay noches en las que me voy con cualquiera que tenga algo que me recuerde a ti. Abandono sus camas de madrugada, mientras duermen, sin sentir ningún tipo de culpabilidad, evitando el compromiso de decir “te llamaré mañana” o ya “nos veremos”. No quiero volver a estar bajo sus sábanas. No se parecían tanto a ti como pensaba.

IV
Una noche escuché que quien más nos quiere es quien menos nos conoce. Sé que te gustó aquella frase, pero yo no puedo estar de acuerdo. Es posible que te quiera porque veo parte de mi oscuridad en ti y en ti puedo perdonarla, mientras yo me odio a consciencia. Te quiero pese a que tengas todo eso que tú también odias de ti mismo. Me como y saboreo tus defectos igual que tu saliva. Quiero morder tu utopía como muerdo mis dedos cada vez que me acuerdo de ti. Quiero tu revolución y alzar al viento tu bandera.