lunes, 27 de enero de 2014

El abuelo en Granada Artesana

Página 57 de Granada Artesana
Ordenar libros y encontrarme en uno de ellos al abuelo. Quedó retratado en su taller, en su casa. La casa, cada vez que a él se le antojaba, crecía un poco más para poder ver mejor su Alhambra. Son las doce. A más de ochocientos quilómetros de distancia y diecisiete años después de su marcha, aún puedo escuchar las campanas de la Torre de la Vela.

lunes, 20 de enero de 2014

El cuerpo femenino en "La vida de Adèle"

Una de las obras maestras del pasado año, sin lugar a dudas, es la película La vida de Adèle, dirigida por Abdellatif Kechiche. El film ha dado mucho que hablar por diversos motivos, especialmente el sexual, el cual parece que, desgraciadamente en estos tiempos, se sigue considerando un tabú, y más si de sexo homosexual se trata, como en este caso.

De La vida de Adèle podríamos destacar y analizar mil temas: el paso de la adolescencia a la madurez, las relaciones de pareja, la aceptación de la homosexualidad en la sociedad, la defensa de la educación pública, el miedo a perdernos nosotros mismos y perder a la persona que amamos, las diferentes forma de concebir el arte y el éxito, la representación del cuerpo femenino en la obra, etc. En este caso, nos centraremos en el último tema citado.

Hollywood consiguió en su día implantar unas ciertas normas, digámoslo así, respecto a representación de la mujer y su cuerpo que se han extendido al resto del cine occidental hasta la actualidad. Supongo que ha sido fácil mantener esas normas, pues nuestra sociedad está basada en un modelo patriarcal en donde una de sus máximas sigue siendo mirar a la mujer como un simple objeto de deseo. Por esta razón, para complacer al público masculino –y de paso instaurar una serie de tópicos que cualquier mujer de bien debe seguir-, las mujeres deben mostrarse de tal forma que siempre, hasta en los peores momentos de la trama, sean deseadas. Pocos casos hay de actrices que cuando lloran, vemos cómo el rímel que decora sus ojos se corre, el pelo siempre debe estar perfecto y las arrugas o la celulitis no tienen cabida tampoco en la gran pantalla. Lo mismo ocurre en la televisión y en la publicidad.

A partir de todo esto, podemos concluir que la mirada del hombre está presente siempre, aunque la que mire sea una mujer. Muchas mujeres se han acostumbrado a través de este adoctrinamiento de la belleza a mirar con los ojos de los hombres y han dejado de lado la mirada femenina, incluso ellas también desean a la protagonista de la película. No hablo de sentir un deseo sexual hacia ella, que también puede ser, sino que les encantaría parecerse a esa actriz que consigue el hito de llorar sin que se le corra el rímel, como si fuera de otro planeta.

Sin embargo, hay excepciones que escapan de la dictadura de la belleza y crean una propia. Es más, podríamos decir que crean un universo alternativo, por real que pueda parecer. Al fin y al cabo, estamos hablando de cine. Una de las mayores diferencias de esta película, La vida de Adèle, es la forma de mostrar el cuerpo de la mujer. Una escena clave es cuando Adèle se tumba en el parque y mira a través del hueco de la camiseta de Emma. Nos atrapa más la cara de placer de la protagonista que no aquello que podamos intuir bajo la ropa de Emma. Kechiche no busca, o al menos eso parece, el placer del espectador, sino mostrarnos cómo mira o cómo toca una mujer cuando ama.

Si por algo esta película levantó polvareda fue por las escenas de sexo. La primera entre ambas protagonistas dura un poco más de seis minutos, algo a lo que no estamos acostumbrados. Las escenas de cama, normalmente, no muestran nada –y si lo hacen, suele ser alguna parte del cuerpo de la mujer cuando se trata de una relación heterosexual, rara vez del hombre- y a duras penas llegan al minuto de duración. Sin embargo, aquí vemos cómo Adèle se masturba cuando sueña con Emma, cómo está en la cama con un chico al que no quiere o cómo las dos chicas hacen el amor. Y aquí me detengo. Es obvio que Adèle no está disfrutando a lo largo de su relación con su novio. Lo vemos en su mirada, en sus gestos y en la cama. Como tantas, miente y dice que ha disfrutado cuando no es cierto. En cambio, con Emma todo es diferente.

La interpretación de ambas actrices, Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux, es magistral porque las caricias parecen reales, igual que las miradas y el sexo. Aquí no podemos hablar de sexo en sí, sino de “hacer el amor”. Agnès Varda defiende que los hombres graban a las mujeres de forma fragmentada, es decir, van buscando el placer de la seducción. Se fijan en las piernas o en los senos como símbolos sexuales. 

Kechiche, por su parte, muestra a ambas desnudas totalmente, es más, enseña cada detalle de sus cuerpos. No son escenas que van buscando la excitación del espectador, sino mostrar el deseo entre ambas, que es muy diferente. El objetivo, sin lugar a dudas, está más que conseguido: por fin, las mujeres también podemos mirarnos y desearnos tal y como somos.



martes, 14 de enero de 2014

Volver

Hay viajes que terminan de repente y otros que poco a poco llegan a su fin. En pocos días, abandonaré Girona. “Por fin”, pienso, y sin embargo siento un vacío indescriptible cuando lo repito en voz alta. Se acerca la hora del regreso, ahora sí, después de cuatro años, y eso me tranquiliza.

Miro hacia atrás y me doy cuenta de que he cambiado, que todos hemos cambiado. Con 18 años huía de casa. Por delante me quedaba una aventura que en pocos meses tocará a su fin para siempre. Hoy, deseo volver. Aunque esa necesidad ha menguado gracias a las vacaciones de Navidad donde puse en orden lo importante.  También soy consciente de que en breves tendré otros planes y proyectos que no sé muy bien a dónde me llevarán. Tampoco importa eso mucho en este momento.

Volver. Volver otra vez. Mirar a la cara a aquellos que me han dado lo poco que tenían para que consiguiera el objetivo y agradecérselo. Pero regresar también significa dejar atrás paseos, risas, amigos, encuentros, desencuentros, frío, niebla, ríos, humedad, campanas, soledad, abrazos, esfuerzo.

Girona ha sido el lugar donde me he hecho mayor, por lo tanto, la ciudad donde más he llorado. Y está bien que así sea. Porque hacerse mayor también consiste en aprender a llorar y a secarse las lágrimas una sola para después poder sonreír libremente. Está bien cerrar los ojos en la oscuridad, entrar en nuestra propia oscuridad. Está bien amar sin ser amados, pese al sufrimiento, es señal de que estamos vivos. Hay que crecerse ante la adversidad y provocar pequeñas revoluciones que nos salven de la rutina. Hay que pasear en algún momento por el miedo para llegar al final.



miércoles, 8 de enero de 2014

Mamá, quiero ser periodista

Posiblemente, mañana haga mi último examen de la carrera. Hace cuatro años, era impensable que un día me encontrara en este punto. Ha llovido mucho desde aquel día que pasé de querer ser astronauta para viajar lejos, miré a mi madre a los ojos y le dije: "mamá, quiero ser periodista".