sábado, 12 de abril de 2014

Autodestrucción IV

Observaba con calma cómo trabajaban las putas del Raval. Se sentaba en cualquier banco y tomaba notas de sus gestos, sus andares, sus palabras y sus risas. Alguna vez, tuvo suerte y pudo ver a alguna llorar. Creía que ahí, justamente en las miserias más bajas del ser humano, se encontraba la mejor inspiración. Ella, algunas noches, repetía con calma lo que había escuchado a las putas, sus putas, y se estremecía ante el disfrute del compañero que, si había suerte, la acogería en sus brazos hasta que el sol se decidiera a salir.

Buscaba los mejores versos para escribir un poema que pasara a la historia. Por eso, se paseaba por los filos de barrancos, bebía de los labios de poetas que encontraba en antros y dejaba que el caballo cabalgara por sus venas sin que nadie pudiera domarlo. Ella brincaba por las camas de todos aquellos que le acercaran a sentir algo que más tarde pudiera transcribir. Dejaba que la trataran como a una de esas putas del Raval que, aunque intentaba despreciarlas, en el fondo, las admiraba. Le azotaban, algunos sin piedad, y conseguía llegar al éxtasis cuando, como el caballo en sus venas, cabalgaba sobre su poeta predilecto.

Y así fue pasando su vida. No dejaba que nadie se le acercara demasiado, ni siquiera cuando el blanco pintó sus cabellos y las arrugas marcaron para siempre su rostro. Ella seguía buscando la poesía. Hasta que le vio. Vio a su poeta, el de los azotes en el coño, el que cuando le escupía, ella aprovechaba para bañarse en su saliva a sabiendas que era lo único le quedaría de aquellos encuentros. Cuando se quedaba a solas, repasaba con sus dedos cada rincón de su cuerpo por el que su lengua había pasado hasta que se corría a base de recuerdos. Años después, el chico incorregible paseaba lento al lado de una mujer a la que le sostenía la mano. Cerca de ellos, jugueteaba un chiquillo que aún no había aprendido a mentir y en sus ojos podía perderse, como tantas veces se perdió en los de su padre.

Al llegar a casa, entendió que la poesía no es otra cosa que dejar algún día más la ropa que lleva tres días tendida, los giros de una lavadora, el sonido de una televisión que rompe el silencio, un ruido en la cocina, una nota de cualquier canción que suena en la radio, unos zapatos tirados en medio de la habitación, una cama deshecha por la pereza y alguien que se siente a tu lado en el sofá cuando el día llega a su fin.  Era demasiado tarde para escribir el poema. Era demasiado tarde para entender qué es la poesía. Era demasiado tarde para aceptar la derrota.

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