lunes, 24 de marzo de 2014

Autodestrucción II

Vuelve la tos. Es seca y desesperante. No viene sola, la sangre la riega. Una señal más de que la vida, como cualquier obra de arte, solo tiene un camino: la muerte.

Limpio la sangre que ahora gotea de mi nariz. Esta vez, las rayas de cocaína hicieron su efecto. Siento que me muerdo el labio hasta sentir el sabor del hierro en mi lengua. Levanto la mirada y observo el dedo acusador de una mujer. Me desnuda como tantos hombres hicieron antes, sintiendo un cierto asco ante lo que ven. Pasa su dedo por cada uno de mis lunares y después me lo mete en la boca alejando de mí el sabor del hierro.

La mujer se aleja unos pasos. Me siento a su lado y le muerdo el lóbulo de la oreja izquierda. Después, empiezo a lamerle todo el cuerpo. Me arrodillo ante ella buscando todo aquello que nos han prohibido. Meto mis dedos dentro de ella, pero ya no siente placer. Sus ojos me miran pidiendo misericordia.

Tras la batalla perdida, me tumbo en la cama. Desnuda, recuento cada una de mis cicatrices. Una sonrisa se dibuja en mis labios pensando en todas las heridas que he provocado en otros cuerpos y me revuelco de dolor al tocar las que siguen abiertas en el mío. Giro la cabeza rendida hacia la izquierda. Ahí está ella, en el espejo, mirándome y acusándome con su dedo.

2 comentarios:

  1. No acaba de ligar del todo, pero tiene su fuerza.JV

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